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22 de Marzo de 2021

Hace unos días que cumplimos el primer año de aislamiento de esta cuarentena que iba a durar quince días.
Al principio era incluso divertido. Se trataba de estar en casa todo el tiempo que fuera posible, viendo películas o series de televisión, o haciendo las tareas pendientes de la casa, ésas que se van dejando por falta de tiempo. Y eso era lo que sobraba, tiempo. Para hablar por whatsapp con toda la familia, los amigos o esos contactos con los que no habías hablado en años, aunque seguían ahí, en la lista de contactos por si alguna vez hacían falta. O por hacer bulto, no sé.
También estaban los que iban a comprar cuatro veces al día, o estaban todo el día en la calle con el perro. Así veían quién salía y entraba o quién estaba mirando por las ventanas, y saludaban contentos por su suerte y seguros de su inmunidad.
Pero eso era cuando se podía salir libremente. Pronto empezaron las restricciones más severas, al darse cuenta el gobierno de que estas medidas eran insuficientes y el virus seguía propagándose por el mundo sin control.
Y esto es lo que hacía falta: control. Fue poco a poco y muchos, la mayoría, no lo vieron venir.
El primer paso, antes de tomar medidas más drásticas, o mientras las preparaban, fue decretar el cierre de todos los servicios no esenciales para la supervivencia y regular la apertura de estos últimos. Muchos protestaron, claro, cuando les cerraron servicios como Correos o mensajerías, cuando prohibieron el comercio electrónico o cuando cerraron toda la Administración del Estado.
Protestaron también cuando decretaron que sólo se podían comprar artículos de primera necesidad, es decir, alimentación e higiene, de nueve de la mañana a doce del mediodía y que los distribuidores que abastecían estos comercios sólo podían circular entre las doce de la noche y las ocho de la mañana.
Y esto, lo primero que trajo fue desabastecimiento. Los camiones no podían hacer el viaje de ida y vuelta más el reparto en una sola noche, lo que suponía que a muchos sitios sólo podía llegar mercancía cada dos o tres días. Esto, unido al estricto horario de compra hizo que todo el mundo se agolpara delante de las tiendas a la misma hora. Nadie quería quedarse en casa sin comida, leche o artículos de higiene, y menos cuando había quien ya estaba guardando cola en la puerta desde primera hora de la madrugada. ¿Y qué hace una persona cuando ve que el vecino va a hacer cola a las cinco? Ir a las cinco menos cuarto. Creo que queda claro lo que va a pasar el día siguiente, y el siguiente, y el siguiente…hasta que el gobierno toma medidas, aunque como siempre, tarde, una vez visto el problema, nunca antes.
Para cuando decretaron el toque de queda y la prohibición absoluta de salir de casa hasta media hora antes de la apertura de puertas de las tiendas, excepto para los trabajadores, la población infectada se había incrementado a un ritmo imparable, debido a las colas y aglomeraciones. Los empleados de los comercios no eran inmunes y también habían ido cayendo, como cayeron los distribuidores, y los fabricantes, y los agricultores, y los ganaderos, y los médicos, y el ejército, y la policía,… prácticamente todo el mundo.
Sólo algunas unidades del ejército o policía, cuerpos especiales resistían, por sus condiciones de vida, totalmente aislados en los cuarteles, y sus trajes especiales de protección total. Nunca hubo trajes de esos para médicos, enfermeros o personal sanitario. Sólo para ellos. Era más importante mantener el orden que salvar vidas, aunque cada vez hubiera menos gente que mantener en orden.
No hubo disturbios cuando colapsaron los hospitales. La gente empezó a dejar a sus familiares enfermos cerca y rápidamente daban la vuelta. Eran grandes focos de contagio más que otra cosa, pero la gente seguía llevando allí a los suyos, supongo que por inercia, o por no saber qué hacer.
Las últimas existencias de las tiendas se terminaron hace más de un mes. El tiempo que llevo encerrado, sin salir del piso, junto a mi perro Lucas. Antes estuve unos cuantos días saliendo a comprar todos los días, aunque no me hiciera falta, porque lo vi venir. Tarde o temprano tenía que llegar.
Calculo que al ritmo que vamos gastando las provisiones, nos quedará comida para tres meses. Hace días que Lucas cambió su dieta de comida para perros de su marca favorita a lentejas, alubias, garbanzos,… de marca blanca. No lo digiere bien y las noches a su lado no son muy agradables y hasta él mismo se asusta de sus propios gases, pero es lo que hay. No sé lo que durará el butano. Se está terminando la bombona que está puesta y tengo otra en la terraza.
¿Por qué estoy escribiendo esto ahora, después de un año?
Durante estos meses, al principio los vecinos salíamos a las ventanas, a aplaudir a los médicos y sanitarios, a cantar, a aplaudir el himno, a animar a los demás. Eso duró mientras duró la alegría, el pensar que esto iba a durar unos días.
Poco a poco la gente se cansó y empezó a dejar de salir, al tiempo que dejaba de pensar en sus vecinos y empezaban a preocuparse por ellos mismos y por su núcleo familiar. Dejaron de circular los memes y los vídeos graciosos por la red, comenzaron los mensajes de preocupación, las peticiones de ayuda que nadie atendía, que a nadie importaban.
De salir a los balcones se pasó a asomarse a las ventanas que daban a los patios interiores, a saludar tímidamente a los vecinos, a los cada vez menos numerosos vecinos que se asomaban, cada vez más serios, cada día más delgados, más atemorizados. Y más amenazantes también. ¿Cuánta comida tendría el del quinto A? ¿Tendría gel de ducha el del tercero B? Y qué iba a pasar si cortaban la luz y el agua? ¿Algún vecino habría tenido la precaución de almacenar botellas de agua? ¿Y para cuánto tiempo?
El miedo es una de las enfermedades más contagiosas que existen. A diferencia del virus, flota en el aire y se transmite a distancia, por contacto visual, por algo que oyes o que crees oír o por algo que te imaginas.
Puede que ni siquiera haga falta el miedo. Nadie sabe cómo funciona la mente humana. Uno de los días que estaba asomado a la ventana de la cocina, Paco, el del cuarto A, me miró, hizo un gesto extraño con las manos, salió por la ventana y saltó al patio.
No sé qué quiso decir con ese gesto. No fue un saludo. Abrió las manos como si quisiera decir “Esto es lo que hay. No hay más.”
Nunca había visto morir a nadie. Al menos así.

Comentarios

  • Y a partir de ese momento, todo ha cambiado, y era de esperar que las cosas fueran a peor.
    En el momento en que Paco decidió terminar con todo, éramos cuatro vecinos los que estábamos asomados a la ventana de nuestras cocinas: Juan, en el mismo piso que yo, el séptimo, en el A y Alfonso en el quinto D, dos pisos debajo de mi ventana. Sólo le veía la mano. Ahora lo pienso y me suena raro, sólo le veía la mano.
    Diez minutos después de la muerte de Paco, Juan estaba aporreando mi puerta y dando unos gritos espantosos exigiendo que le abriera, que sabía que tenía que tener comida. Pasé unos minutos escuchando sus gritos y pensando si debía abrir o no, hasta que me asomé por la mirilla y vi aparecer a Alfonso por detrás, con un cuchillo de cocina, y otra vez veía su mano, levantando el cuchillo y hundiéndolo una y otra vez en la espalda de Juan.
    No me dio tiempo a hacer nada. Eso o que el miedo es contagioso, ya lo he dicho. Ni siquiera cuando escuché claramente a Alfonso entrar en casa de Juan y revolver armarios y cajones, supongo que sin ningún resultado porque enseguida lo tuve en mi puerta dando golpes y gritando para que le abriera.
    De esto hace diez días. Los mismos que lleva Paco en el suelo del patio. No hay nadie en el bajo, eso es evidente. Al menos nadie vivo. De las letras A y D no veo a nadie salvo a Alfonso, que más que ver lo escucho andar por la escalera, a veces dando gritos y otras con pasos sigilosos acercándose a mi puerta, intentando escuchar. Del B y el C no puedo decir nada. No tienen ventanas que den al patio y hace ya días que nadie se asoma a las ventanas de la calle. Puede más el miedo.
    Por supuesto, sería completamente absurdo intentar entrar en los otros pisos. Aun en el caso de que no estuviera Alfonso desquiciado dando vueltas por la escalera con un cuchillo, nunca podría abrir un portón blindado como el que tienen todos los vecinos. Y aun en el caso de que hubiera alguien vivo, dudo mucho que quisiera abrirme.
    ¿Qué me queda entonces? Ver quién aguanta más. Alfonso puede que muera de hambre, o le dé por comerse a Juan o salte él también al patio. Tal vez sea esto lo mejor para mí. Así al menos tendré la completa seguridad de que ya no está. Hasta que pase eso no me queda otra que intentar hacer el menos ruido posible, cocinar sin armar jaleo, sin poner el extractor de humos e intentar que no se escuche ruido de platos. Al menos parece que Lucas comprende lo que pasa o se ha contagiado de la situación y lleva días en completo silencio.
    Al principio no entendía que ya no podía bajar a la calle y que de repente tenía que hacer sus cosas en una hoja de periódico, como cuando era un cachorro, pero tardó poco en acostumbrarse. Procuro vaciar la cisterna sólo una vez al día, siempre pensando si Alfonso lo va a escuchar o no. Por eso voy acumulando excrementos de perro con basura y restos de comida en bolsas que voy apilando en la habitación de la terraza, y tengo esa puerta siempre cerrada.
  • norton 860norton 860 Forero Junior ✭✭✭
    Buen guion para una pelicula de terror, esperemos que no nos tengamos que ver en semejante tesitura .
  • Felicidades por el curro y por el relato amigo, que menos que un up para mantener el hilo arriba para que la peña no deje de leerlo ¿no?
    SALUDOS

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